Jorge Javier Vázquez, siempre apoyando a los galgos

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Todos los que amamos y respetamos a los animales, no podemos estar más agradecidos a Jorge Javier Vázquez por su labor de difusion de la terrible situación de los galgos en España. Esta semana, ha sido el portavoz en Sálvame de la campaña para su adopción, ya que termina la temporada de caza y ya sabemos cuál será el destino de estos seres inocentes. VER VÍDEO

Pero, no acaba ahí su apoyo. ¿Podríamos llegar a soñar que un galgo sería portada de la revista Lecturas? Puede parecer una tontería, pero es extraordinariamente positivo que se dé esta imagen de normalidad, el galgo como perro de compañía, muy lejos de su utilización como mera herramienta para crueles fines.

En dicha revista, Jorge Javier escribe un texto en el que cuenta su relación con sus galgos adoptados y con los perros en general. Unas palabras tan valiosas como llenas de sentimiento:

Mis perros, mis hijos

En mi casa nos reíamos mucho de mi tía Carmen, porque no soltaba a Iris, su perra, ni para mear. No entendíamos la pasión que sentía por el animal y cuando nos cachondeábamos ella, que era una bendita, se limitaba a sonreír. Estoy convencido de que pensaba para sus adentros “ya os enteraréis, ya”. Intuyo que se está vengando desde el cielo. Primero nos mandó a Pronto, un cocker spaniel que pasó con mi madre cerca de 15 años. Murió hace ya tres, pero evitamos hablar de él porque nos ponemos a llorar. Nos pasó este verano, en la terraza de mi hermana Ana. Apareció su nombre y tuvimos que cambiar de conversación para no acabar abrazados consolándonos los unos a los otros. Mi madre no tiene fotos de sus hijos en su habitación, pero sí una de Pronto. Tras Pronto llegó Nina, una schnauzer que a los pocos días de cogerla pilló un virus que estuvo a punto de mandarla al otro barrio. Yo estaba en Londres de fin de semana y se me rompía el alma cuando me llamaban para darme el parte: “La he dejado ingresada, Jorge, no sé yo si va a salir. Si le pasa algo no quiero más perros, esto es muy duro”. Sobrevivió y ahora es toda una mujercita que adora a mi madre. A mi casa llegó primero Cartago, un galgo al que encontraron vagando por Cartagena. Al principio no quería que se subiera al sofá, pero ahora, como me descuide, me lo encuentro un día tocando el piano. Es listo como todo el hambre que ha pasado y tiene gestos humanos. Tras Cartago llegó Lima, la hembra. Venía de una perrera y desconocía lo que era una caricia: desconfiada, tensa, gruñona, huidiza. No entendía que le costara acercarse a mí y un día, armándome de valor, le comuniqué a P. un pensamiento que me rondaba por la cabeza: “A lo mejor es que está enamorada de mí y le da vergüenza estar a mi lado”. P. se descojonó en mi cara y a mí me dio rabia que se descojonara, así que ese día me desenamoré un poco de él por no haber estado a la altura de mis inquietudes. Lima no nos deja ahora ni a sol ni a sombra, en especial a mí. Donde las dan, las toman. El sábado vinieron Marisol y Antonio a pasar el día a casa y P. y yo nos quedamos un poco raros cuando se largaron: nos pasamos el día entero hablando de los perros lo mismo que los matrimonios martirizan a sus amistades con las gracias de sus hijos. Pero vamos, no es porque sean nuestros, pero Cartago y Lima son mucho más graciosos que algunos hijos de nuestros amigos.

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